Al cabo de tres horas de andar en automóvil, cómodo, sin sotana, como para sentirse uno más, pensó que al llegar lo estarían esperando, y que al otro día, o quizás uno después, se iba a hacer la transferencia de curia. En el poblado que figuraba en la hoja de ruta, no se indicaba estación de servicio, y quien sabe si la nafta alcanzaría. La carta estaba ahí, sobre el asiento, la volvió a consultar después de mirar el indicador de combustible. La agujita marcaba cero, “sin embargo suele quedar una reserva”, se dijo.
La ruta se veía despejada, una cinta brillante dividiendo en dos el ancho mundo, apenas una arboleda allá a lo lejos, y las primeras fallas del motor indicando la triste realidad. “Y ahora qué hago”. La sintió como pregunta obligada que no tiene respuesta, al menos inmediata, y toda la incomodidad que como una inquietud crecía con fastidio. Comenzó a caminar en dirección a la arboleda, y al rato comprobó que se trataba de un pequeño poblado.
Pronto leyó “Natas” en el cartelito de vialidad, y siguió caminando. Recordó claramente que la hoja de ruta no lo mencionaba, y en cambio mucho más allá figuraba la localidad donde hubiera podido comprar nafta.
Estoy de suerte, pensó, y comenzó a ver de cerca que apenas era poco más que una manzana. Ya oscurecía y las viviendas estaban aún a oscuras. En el centro, se destacaba una casa de dos plantas vieja y gris, pero iluminada. De estación de servicios, ni rastros. Supuso que allí conseguiría alojamiento y llamó. Notó la mirada de la joven, “extraña para mí, a pesar de ver desfilar caras”, pensó. Sin embargo, dadas las circunstancias, prefirió reparar en la tarifa reducida que le pedían, y en lo avanzado de la noche. Se dejó acompañar por un joven, el hermano, imaginó. Acomodó sus cosas y bajó al bar. Algunos lugareños bebían y charlaban en voz baja, y aunque él no viajaba con frecuencia, reconoció que lo miraban como a un forastero.
En su habitación, observó el antiguo mobiliario y el marco retorcido y oscuro del espejo. Los costados le parecieron serpientes enfrentadas. La iluminación era escasa, pero el espejo reflejaba la ventana estrecha y alta, de pequeños paños. No supo si la imagen apareció en la pared, en el espejo, o a través de la ventana y a lo lejos, pero se repitió infinitamente en ambos lados: un sacerdote lo miraba desorbitado y sangrante. Trató de rehacer la visión, sin lograrlo.
Abandonado al descanso calmo del lugar, soñó voces en coro. Se escalaban en notas discordantes, sin la paz acostumbrada de la iglesia. Después lo ahogó un olor a pantano, a tierras movedizas, pero luego cambiaba y venía un olor seco a leña quemada, y todo era tan extraño... Un grupo avivaba el fuego en la gran roca, y lo obligaban a sumergirse en las llamas, hasta que toda esa ropa pesada y negra, enredándose en el inmenso rosario... el rosario no tenía su cruz, alguien la había quitado. Ya todo era fuego en su torno, y aunque no sentía ningún ardor, supo que era necesario huir de allí. La única posibilidad era atravesar el círculo de encapuchados, pero lo empujaban una y otra vez. Lo que más lo torturaba era el olor a carne quemada, algo que en el sueño lo rebelaba contra el absurdo.
Un resplandor rojizo teñía los follajes que se amontonaban alrededor de la gran roca, el miedo y el olor seguían presentes. El nunca había sentido miedo, pero esta vez era distinto. Al fin tropezó con leños o cuerpos hasta sentir algo frío en la frente: reconoció su ventana. Allá, a no más de cincuenta metros, vio la roca, el círculo de sacrificadores, el fuego crepitante, y en el centro, algo que se retorcía y luego quedaba inmóvil. Con la frente apoyada en los pequeños paños, salió de ese horror, y enseguida recordó al sacerdote de su visión. A oscuras volvió a la cama y esperó temblando.
Muy temprano se levantó y miró por la ventana, sentía dudas y la curiosidad lo llevó a recorrer el solitario lugar. Reconoció la gran roca y al tocarla sintió que todavía estaba caliente. Vio tierra removida en las cercanías y una tela negra que se asomaba. Supo que era la sotana del sacerdote, y entonces lo alcanzó el golpe en la nuca. Mientras caía, pudo murmurar algunas sílabas del padrenuestro.
Al otro día, el padre Cristian, cansado de esperar la llegada de su relevo, comenzó a recorrer con su automóvil el camino, pero en sentido contrario; tenía la convicción de que algo le habría sucedido. El poblado era tan pequeño que paró más allá, después del cartel de vialidad, allí averiguaría si había noticias del sacerdote que aguardaba. Por el espejo retrovisor leyó un nombre en el cartel romboidal, que lo hizo estremecer.
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