Sintió posarse en su cabeza la mano suave y delicada, aunque imperiosa y exigente de Joana. Sintió la caricia en su menudo cuerpo, a la vez agradecido y rencoroso, sabiendo que lo amaba y que su vida dependía de ella desde el momento en que confió. La miró con un ojo, luego con el otro, lamentando no poder prescindir de su protección, sintiendo lo mucho que le costaba expresarse, acurrucándose al amparo de esos ojos verdes que lo miraban con burla y con cariño, mirada de dueño y de verdugo.
Lo supo como se saben ciertas cosas, como se sabe que piensa uno y no otro, sin miedo ni asombro, aunque todo pudiera ser una fantasía cuando miraba el sólido sillón donde estaba sentada ella. Le llegaban el suave olor a violetas de su cuerpo, y los variados perfumes de su maquillaje, y seguían gustándole tanto como antes. Sumido en un dulce sopor, se vio tiempo atrás, cuando era tan afecto al deslumbramiento que toda mujer misteriosa y atractiva puede producir.
La había conocido en un juicio que estaba dándole mucho que hacer, época en que se preguntaba si su vena estaría agotándose. Entonces la aparición de Joana, en un comienzo como un testigo más, sirvió para salir de la disyuntiva preocupante. Uno de esos días había quedado mudo, cosa rara, mirándola fijo y sintiendo que detrás de esos ojos verdes podría haber algo, aunque no supiera qué. Por lo pronto, el contraste entre su apariencia oscura y grave - traje gris casi negro, tez cetrina - y los ojos verdes y la ropa festiva de Joana, le producían una fascinación inexplicable.
Después, supo con sorpresa que ella conocía pormenores del juicio, y su opinión, que desde un comienzo juzgó valiosa, terminó dándole la llave para sumar otro triunfo a la serie acumulada de juicios ganados. A partir de entonces todo fue esa mujer, primero opinando en temas que parecían insolubles, luego aconsejándolo a él, que había sido consejero de abogados que lo doblaban en edad, a él, que conocía todas las artimañas, todos los atajos para andar sobre el filo de la navaja y llegar a buen destino. Aunque hubiera colegas que murmuraran cosas, y dijeran frases como “cuervo negro”, eso no le molestaba.
Una noche en Rosario, solo en la pieza de su departamento y lejos del estudio, empezó a pensar en la influencia de Joana, lleno de amarga desconfianza, sujeto a una meditación forzada a valerse del propio enemigo para abrirse paso. “Extraña influencia”, se había dicho, y a partir de entonces comenzó la sospecha: “Muchacha de ojos verdes, más juicios que se ganan solos, más dependencia creciente de ella, igual a cosa fulera. Voy a terminar siendo su alcahuete” concluyó, y resolvió no verla nunca más.
Después reconoció la extraña forma en que ganó aquellos juicios, como si a algunos testigos los hubiera mandado el diablo, hasta recordar la primera vez que fue al departamento de ella. Recordó la sorpresa que le causaron muñecos y muñecas de trapo, en ese rincón donde ella acostumbraba sentarse con sus libros o sus cosas, allí donde decía que meditaba. Al fin se durmió y comenzó a soñar. La veía tan agraciada, tan dulce, aunque a la vez en esa zona imprecisa que no define el más acá ni el más allá, que fue quizás al despertar cuando pensó: “es un demonio, pero un demonio con forma de ángel”, y siguió soñando con su cuerpo.
“Sobre todo espléndido”, se dijo por la mañana, y no resistió la tentación de llamarla por teléfono y decirle que lo acompañara a Buenos Aires.
Cuando estaban en la capital y caminó hacia él, porque dormían en habitaciones distintas, quedó prendado de su imagen joven. Recordaba que no pudo esquivar el gato negro que se le cruzó, y que era la tercera vez que esto sucedía. Pero entonces se olvidó del gato y pensó “sos un tonto”, porque la encontraba hermosa, muy femenina, y además le sonreía. Ella pidió disculpas por la demora, lo arrastró a pasear por Florida y luego a descender al subte; él se quedó un rato tranquilo con la sensación de estar todavía a tiempo de escapar del infierno, mientras se abrían las puertas y alcanzaba a hilvanar: “¿escapar... de qué?”, Cuando le escuchó decir vayamos hacia Santa Fe, mientras lo empujaba hasta la salida.
Ya de regreso en Rosario, decidió hablar con franqueza a su socio, porque nada sabía de Joana además de que era bonita y de presencia tan oportuna en juicios anteriores. De eso conversaban cuando entró ella trayendo una bandeja con café y masas, con su habitual amabilidad, mientras extrañamente dos pájaros negros y grandes se estrellaban contra los vidrios de la ventana. Después pudo comentar de la relación que habían iniciado a su socio, pero a medida que contaba le parecía que no tenía nada de extraordinaria, al fin y al cabo qué puede haber de malo en que los juicios se ganen con cierta facilidad, le decía, que pareciera estar rodeada de un aire de misterio, y que posea un par de extraños ojos verdes. El hecho de que le gustaran los muñecos de trapo y dos pájaros quisieran entrar justo cuando estaban reunidos era algo sin relación con el resto ”¿No te parece?”, Concluyó.
Su socio lo escuchaba pensativo, clavándole los ojos, y arrugando y desarrugando la frente se acarició la amplia calva, y con aire preocupado, dijo: “No tengo una razón, pero yo me cuidaría. Esa mujer me inspira desconfianza, no por el asunto de los pájaros o porque tenga ojos verdes, sino simplemente por su personalidad, no me vas a negar que te maneja como quiere”.
Cuando se separaron pensó que el socio tenía algo de envidia.
Por la noche fue al departamento de Joana, y la encontró más dulce que nunca. Como se sentía muy cansado, porque el día se había presentado difícil, se dejó cobijar por sus tiernos brazos y se quedó dormido, escuchando las palabras que murmuraba, palabras que no comprendía porque un profundo sopor lo estaba ganando. Entonces sintió que se hacía más pequeño y liviano, tuvo ganas de flotar, y en lugar de flotar comenzó a volar por la habitación, aleteando mientras Joana se miraba en el espejo, hasta posarse en su hombro. Fue cuando se vio, negro cuervo, mientras en el rincón se destacaban los muñecos. Alcanzó a percibir su sonrisa burlona y a sentir que lo acariciaba mientras él se acurrucaba.
Esta parecía ser la última realidad, no algo por venir, el último peldaño, el final de esa evolución o como se llame lo que estaba sucediendo.
Así, tan indefenso, cerró los ojos cobijado hasta darse vuelta para acomodarse más a gusto, pero alcanzó a sentir, bajo su nariz, la presión suave y firme de esos muslos que tanto le gustaran.
"¿Te quedaste dormido?”, Dijo ella, y entonces despertó.
Etiquetas:
Compartir
¡Necesitas ser un miembro de Solo Cuentos para añadir comentarios!
Participa en esta red social