LA FILLA DEL PERRA GORDA
Se casó a los dieciséis años con la única hija del “Perra Gorda”. Así llamaban los mozalbetes del pueblo a su padre porque trabajaba en la Casa de la Moneda, y este trabajo, para los que vivieron en el Bierzo profundo en los años de la posguerra civil, era cuanto menos misterioso y suscitaba mucha envidia.
María de los Milagros, “la filla del Perra Gorda”, había sido mujer desde los once y se pasó los últimos cinco años antes de su boda cuidando de su padre, el cual había caído enfermo por la edad y por la poca salud que habían dejado las caminatas a Madrid, un rato a pie y otras encima de un pollino caquéctico, con oreja gacha y un pelo ralo de intenso gris oscuro.
Quiso el Perra Gorda entonces que, quien se casara con su hija Maria, fuera el hijo mayor de Don Faustino, un hombre de bien y con posibles, que comía todos los días por lo menos una vez y no cambiaba nunca los jamones por tocino, que cumplía religiosamente con las órdenes dictadas por Roma y no perdonaba acto clerical, ni le faltaban Santos que no supieran de su fe.
Cuando murió el Perra Gorda, llegaron las perras chicas a casa de María de los Milagros y no tuvo más remedio que obedecer las últimas plegarias vertidas en el lecho por su padre, y así fue como se casó con el mayor de los hijos de Don Faustino.
Diez años más tarde de su boda aun no habían tenido descendencia y Andrés, comenzaba a pensar que Dios no había querido otra cosa para él más que la oración y arrepentimiento en las horas de soledad, cuando canturriaba taciturno mil veces el Padrenuestro y algún ciento que otro Avemaría.
Alejándose de la fe, Andrés le comentó a María, que había oído en la feria del ganado en el Espino el remedio para su infértil suerte, y cómo sería esa, la única manera de poder engendrar a su hijo.
Y en esa fecha, después de la feria de noviembre y cerca del día de Sanmartín, cogió en plena matanza del cerdo una tripa de embutir, cerró con bramante por uno de sus extremos, y convenció a su mujer de que esa era la única y absoluta forma de poder vencer su impotencia viril:
Eran, las cuatro eran,
Fueron, las cuatro y cuarto.
Andrés cogió su pene
Y puso encima tripa de guarro.
Frente a frente, él y el árbol,
Tendió su mano al castaño.
Posó sus ojos lejos
Asiendo su cuerpo al lado.
Eran, las cuatro eran,
Fueron, las cuatro y cuarto.
Cogido por una cuerda
Puso fin a su calvario,
Su cuerpo colgaba muerto,
Su falo se alzó lozano
A la vez que sacudía
Libidinoso líquido de albino manto.
Eran, las cuatro eran,
Fueron, las cuatro y cuarto.
María guardó su lloro
Sacó la tripa sin llanto.
Corriendo para su casa,
Lo dejó seco en lo más alto.
Y en la oscuridad, oscura,
De aquel mes de Otoño sin año,
Se introdujo por el lado libre
La víscera del marrano.
Eran, las cuatro eran,
Fueron, las cuatro y cuarto.
Ya hicieron más de cincuenta otoños
Y yo, aún sigo a mi abuelo llorando…
SOLILOQUIOS SORDOS DE UN TACITURNO LOCO
Jorge Santalla.12/03/2008