¡Saludos, contadores de cuentos de Solo Cuentos!
Aquí les dejo un relato que me contó mi abuelo...
Cuántos recuerdos guarda mi memoria de los primeros años… Pero todos tienen un común denominador; algún suceso que me sustrajo de mi mundo infantil y me llevó a enfrentarme con hechos contundentes que se quedaron adheridos a mí para siempre. Aquí, meciéndome en mi sillón, a los ya más de 70 años de vida que hoy tengo, me asombra la lucidez con que se me presentan sucesos tan lejanos…
Recuerdo perfectamente el rostro de mi madre. Blanca como la nieve, sus ojos, de un azul grisáceo profundo, como los míos. Recuerdo claramente aquel día en que se me quedó mirando y me dijo – te quiero -, y me abrazó. Aquella frase todavía baila en mi memoria. Hubiera sido tan bello crecer a su lado. Pero el destino me la arrebató cuando tenía apenas 4 años. Mis abuelos maternos se hicieron cargo de mí. Soy hijo natural. Mi padre murió antes de que yo naciera, por eso llevo el apellido de mi madre. Jamás vi una foto suya.
Crecí rodeado de tíos y primos. Mis abuelos nos daban de lo poco que tenían. Y aunque la vida era muy dura, puedo decir que fui feliz. Mi vida se dividía entre obligaciones y travesuras. Más travesuras que obligaciones. No iba a la escuela, por lo que me sobraba tiempo para perderme por el vecindario y curiosear. Pero eso empezó a cambiar cuando uno de mis tíos solteros se enamoró de una vecina. Entonces nos ponía a Esteban, mi primo, y a mí, que éramos los más juiciosos, a hacer parte de sus tareas en lo que le calentaba la oreja a la jovencita. Una de esas tareas era moler el café.
Una tarde en que la mocita pasó frente a la casa, de camino al pozo a buscar agua, mi tío la divisó. Nos llamó a Esteban y a mí a viva voz. Nosotros, que jugábamos por los alrededores, observamos de lejos la movida, nos miramos y acudimos con fastidio a su llamado. Nos iba a tocar moler el café para toda la semana siguiente. Nuestro tío nos dio la directriz y de inmediato se escabulló tras ella.
No nos quedó más remedio que empezar a cumplir la tarea encomendada. Tomé el saco con los granos de café y comencé a vaciarlos en el enorme pilón – un trozo de tronco de árbol con un hueco profundo en medio – y Esteban comenzó a golpearlos con un pesado madero. Mientras esperaba el momento de reemplazar a mi primo, me entretuve jugueteando con un lagartijo que se había asomado a la ventana del granero. Intenté atraparlo pero éste se me escapó saltando por todo el lugar. Yo seguía tras mi presa, que ya se había encaramado sobre una mesa y se balanceaba amenazando con saltar al pilón. En ese momento a Esteban le sobrevino un estornudo y viró instintivamente la cara por unos segundos, tiempo suficiente para que el lagartijo se perdiera pilón abajo junto con los granos de café. Intenté advertirle a Esteban que se detuviera, pero el madero ya iba de bajada con toda la fuerza de su peso y el grito se me ahogó en la garganta.
Al entender lo que había sucedido, mi primo me miró con cara de espanto y levantó poco a poco el madero. Nos asomamos los dos a la vez y allí estaban los trocitos maltrechos del pobre animal esparcidos entre la harina de café. Sacamos todos los restos visibles, pero tanto él como yo sabíamos que con ellos no hubiéramos podido reconstruirlo completo. Guardaríamos el secreto, pues si alguien se enteraba no nos íbamos a poder librar de un castigo.
Durante toda la semana siguiente me resistí a tomar café, y como era algo enfermizo nadie me obligó. Pero Esteban no corrió con la misma suerte. Yo, sentado al otro lado de la mesa, podía ver cómo se le dibujaba una mueca de náusea con cada sorbo y luego me miraba con resentimiento. Sin embargo, cada vez que veíamos a mi tío empinarse gustoso la taza humeante, ambos reíamos secretamente…
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